¡Reacciona!... ¡Reacciona por el amor de dios! - esas eran las palabras que vagamente lograba escuchar mientras sufría uno de los peores ataques de hipoglucemia hasta el día de hoy, claro que los gritos desesperados no eran las únicas acciones que mi esposa realizaba mientras yo estaba semi inconsciente en el frío suelo del museo que visitábamos durante las vacaciones de verano en nuestra misma ciudad de Monterrey; podía sentir que ella me agitaba tratando de despertarme, claro que era una acción bastante difícil para ella con su 1.60 de estatura y de complexión media competir con la corpulencia de un hombre de casi dos metros de altura y ciento veinte kilogramos de peso, pero aún así podía sentir los bruscos tirones que hacia de mi cuello y cabeza. - Abre la boca por favor!, ¡Necesito que mastiques esta pastilla! - decía, mientras colocaba a la fuerza una tableta de glucosa de rápida acción, es una portátil y excelente manera de subir el nivel de azúcar mientras pasa la emergencia - ya está reaccionando, denme un poco de espacio por favor - decía supongo yo a la gente que se había colocado al rededor de nosotros - ¿Necesita algo mientras llega el doctor del museo? - Preguntó una de las guardias del museo -no - se apresuro a contestar mi esposa - en un momento estoy segura que se empezará a recuperar, pero sería bueno que lo pudiéramos mover y sentarlo en algún lugar más despejado mientras consigo algo para que coma y esto pase más rápido.
- Está bien -contestó la guardia - voy a llamar a un compañero para que la ayude a moverlo, y... Mientras yo le conseguiré algo dulce para que tome ¿estaría bien un café con mucha azúcar? - pregunto la amable, pero dura en sus facciones, guardia - eso sería excelente contestó mi esposa, mientras yo estaba aturdido pero casi totalmente despierto - hola - le dije - estuvo feo verdad?, creo que ha sido el peor episodio; nunca me había desmayado. - ella solo se me quedó viendo con esa cierta mirada que te hace sentir seguro y confortable entre sus brazos pero que también denota una preocupación por lo que está pasando y por que no decirlo, un cierto aire de reproche como queriendote regañar por no haberte cuidado o no avisar a tiempo de algo, esas miradas tan completas y variadas que solo una mujer puede mezclar y transmitir.
¿Qué tenemos por aqui?, me comentan que tuviste un bajón de azúcar, ¿Te sientes más reestablecido o aún te sientes mal? - vaya, este doctor si que me abruma más que la sensación de malestar que me pueda quedar después de “la crisis”- ya me siento mejor, gracias - contesté - he tomado una pastilla especial para esto y... - me parece fantastico, verás cada vez hay más y más opciones para sobrellevar estas problemáticas, que como decimos, son enfermedades del siglo XXI, y verás, es que no hay algo que se pueda decir que sea realmente efectivo o una cura para esta “enfermedad” - vaya que no terminaba de parlotear -lo entiendo, gracias tengo que irme, ya me siento bien- interrumpí para que dejara de hablar. Me puse en pie con ayuda de algunos de los presentes y tranquilamente tomado de la mano de mi esposa me dirigí hacia una banca que se encontraba cerca mientras mi cabeza se ponía bien en orden.
Me sentía aturdido y la vista no lograba enfocar correctamente muchas cosas, tenía la sensación de un vacío en el estómago como si no hubiese probado bocado en días y para finalizar el temblor interno que hace que uno se de cuenta que hay problemas aún y que provoca esa sudoración fría aunque el calor sea extenuante. Mientras estabamos ahí sentados solamente viendonos el uno al otro y ella pasando suavemente su mano por mi espalda tratando de darme la mayor cantidad de confort posible, sentí un frío calambre que subía desde las plantas de los pies hasta llegar a mi cabeza dandole una sacudida y provocando que perdiera la nocion de los colores y que todo transcurriera de manera muy, pero muy lenta, casi se podía ver una estela en los objetos ahora monocromáticos que pasaban frente a mi, voltee la vista hacia mi querida y fue en ese momento que todo a excepción mía se quedó congelado.
-Vengo por ti- dijo una seca y ronca voz a mis espaldas
-Pero aún no estoy listo, ya se que me vas a decir que nadie lo está, pero en serio no estoy listo- contesté con mas miedo que ganas.
Voltee a ver al personaje que me amenzaba y esperaba a ver al personaje que todos conocemos como la muerte, pero en lugar de ver esa figura amenazante con la capucha y túnica negras y fulgurantes llamas en vez de ojos o a una esquelética figura que me amenazara con su huesudo dedo, pude distinguir a una persona de altura media, tez muy morena y bastante delgado vestido en u traje blanco con una camisa azul, sus facciones me parecian conocidas pero aun no lograbaenfocar bien y él estaba a más de tres brazos de distancia.
Se acercó caminando muy lentamente hacia mi y pude distinguirlo por fin, y madre mía, para mi sorpresa era mi padre, ¿lo habrán mandado a el para que me vaya sin discutir, para que me convenza?. No dije nada solo dejé que se acercara y cuando estuvo frente a mi pude sentir como tocaba mis hombros y me jalaba hacia el para abrazarme.
-Hijo, vengo por ti, pero no para llevarte, no quiero que pienses eso- dijo, mientras yo estaba seguro que había leído mis pensamientos -Vine por ti porque me has estado llamando y pidiendome favores pero yo a pesar de que he estado a tu lado no me había podido acercar, hasta hoy que por lo que te pasó creaste un puente entre nuestros espacios y no podía perder la oportunidad de verte y que me vieras- dijo lanzandome una mirada que pocas veces durante su vida mortal había visto en el.
-Vaya... papá, no has cambiado nada, sigues siendo un gran orador, jeje, te extraño sabes, y se que nos vamos a encontrar algún día y no se que más decir más que gracias y que voy a seguir pidiendote siempre favores aún y que ahora me digas que ya los has escuchado y que has estado a mi lado, porque espero que ahí sigas por siempre- le dije al borde de comenzar a llorar.
Inmediatamente esbozó una sonrisa e hizo un ademán en señal de despedida y sin más desapareció entre los colores y movimientos de las personas que una vez más reaunadaban su paso al rededor de donde estaba sentado con mi esposa, quien me volteba a ver con extrañamiento porque ahora estaba de pié cuando hace un instante estaba sentado junto a ella.
-¿Está todo bien?- cuestionó tomandome de la mano y colocándose a un costado mío.
-Si... ¡todo está bien ahora!, ¿nos vamos?- y seguimos nuestro paseo como si nada hubiese pasado aunque yo sabía que no era así.
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