Era tarde, la confianza se había perdido desde el primer momento en que supo que lo que le preocupaba desde hace tiempo aún no llegaba completamente a su final. Era una historia triste, escrita con la tinta del más amargo y despreciable color, el de la inseguridad. Uno por su parte no creía lo del otro y el otro nunca hizo las cosas totalmente bien como para darle seguridad y confianza a la continuación eterna de la relación.
Habían sido varias las oportunidades en las que la elegante dama le comentaba al hombre destinado a ser su pareja sus preocupaciones, él parecía escuchar y comprender todo lo que se le decía, pero en realidad sus acciones nunca reflejaron el que hubiera estimado palabra alguna de ella. Se sentía todopoderoso, inclusive cada que le reprochaban alguna de sus acciones mostraba la misma actitud, cotidiana y practicada, o por lo menos así lo sentían los que lo rodeaban, sobre todo su prometida. Pero en verdad ese hombre que se veía poderoso y confiado, se preocupaba por hacer las cosas bien y usualmente sufría en silencio por no haber corregido sus errores a tiempo, claro que eso no lo demostraba, tal vez lo llegase a comentar pero inmediatamente cambiaba su plática y dejaba enterrado el error; claramente el sabía que llegaría un momento en que todo lo que había sepultado haría explosión en su cara y ahí se tendría que quebrar todo lo que le preocupaba en realidad.
Llegó el punto que siempre temió, tenía que decidir si quería en realidad a la dama, o simplemente prefería perder lo único que en verdad le importaba por no tomar las decisiones, consejos y peticiones en su momento y con la importancia debida. El hombre no lo pensó dos veces, decidió que si de verdad quería tener un futuro prometedor el camino verdadero era mediante el amor, el amor lo levantaba, el amor lo hacia tomar decisiones acertadas y arrepentirse de haber tomado las equivocadas, en pocas palabras lo hacía un hombre; un hombre derecho como el que siempre había querido ser, y no como el que salicina vez trató de imitar para sentirse más, terminando sintiéndose menos.
No le dolió la petición de perdón y el juramento de seguir el camino que le pavimentaba la dama con su constante compañía, él sabía que eso era lo mejor, tal vez no lo más común, pero si lo que necesitaba y quería. La dama dudó, pudiera ser que el hombre le dijera sólo lo que ella quería escuchar y como tantas otras veces hiciese lo contrario; con lágrimas en los ojos y recordándome sus pasadas fallas, decidió darle una última oportunidad, una oportunidad que de ser desperdiciada rompería no solo su corazón sino el de él de paso.
Ambos comprendieron que lo mejor era tratar de hacerlo y como las árticas historias de la selección de los graciosos pingüinos de sus parejas, ellos se eligieron para toda la eternidad. Aún se les puede ver vagando en la inmensidad del espacio, siempre juntos orbitando y rodeándose desde la mañana hasta el anochecer.
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