La planeación perfecta no existe. Y qué bueno.
Hay algo que nos pasa a muchos docentes.
Queremos hacer la planeación perfecta.
Que tenga todos los elementos.
Que esté bien redactada.
Que las actividades sean interesantes.
Que incluya evaluación.
Que considere la diversidad del grupo.
Que tenga materiales.
Que esté alineada con el programa.
Que responda al contexto.
Que además sea innovadora.
Y, si se puede, que se vea bonita.
Porque aparentemente una buena planeación también debe entrar por los ojos.
Y ahí estamos nosotros, a las 11:47 de la noche, moviendo una tabla tres milímetros hacia la derecha porque “se ve rara”.
Pero vamos a detenernos un momento.
¿Qué hace que una planeación sea realmente buena?
No es la cantidad de páginas.
Tampoco la cantidad de colores.
Y definitivamente no es que parezca haber sido elaborada por una comisión internacional de expertos.
Una buena planeación debería ayudarnos a responder algo mucho más sencillo:
¿Qué quiero que aprendan mis alumnos y qué voy a hacer para ayudarlos a conseguirlo?
Parece obvio.
Pero entre formatos, elementos curriculares, productos, instrumentos y demás asuntos que aparecen en nuestra vida docente, a veces terminamos perdiendo de vista justamente eso.
La enseñanza.
Planear no es adivinar
Otra cosa importante:
La planeación no es una predicción del futuro.
No sabemos exactamente qué va a ocurrir cuando entremos al salón.
Podemos calcular que una actividad durará 30 minutos.
Perfecto.
Hasta que alguien diga:
—Profe, ¿puedo ir al baño?
Y después otro.
Y otro.
Y cuando finalmente regresan…
—Profe, ¿qué estamos haciendo?
Bienvenidos a la realidad.
Por eso, una planeación necesita tener estructura, pero también flexibilidad.
Debemos saber hacia dónde vamos, pero estar dispuestos a cambiar el camino si el grupo lo necesita.
Entonces, ¿qué debería tener una buena planeación?
No existe una receta universal, pero hay algunos elementos que vale la pena tener claros.
1. Un propósito claro
Antes de pensar en actividades bonitas, preguntémonos:
¿Qué quiero que aprendan?
Si no podemos responderlo con claridad, probablemente todavía no sabemos qué vamos a enseñar.
Y no pasa nada.
Regresamos un paso y lo definimos.
2. Actividades con sentido
Aquí podemos hacernos otra pregunta:
¿Esta actividad ayuda realmente a conseguir el propósito?
Porque podemos tener una actividad muy divertida, muy creativa y muy bonita…
pero si no tiene relación con lo que queremos que aprendan, probablemente solamente estamos ocupando tiempo.
Y nuestros alumnos ya tienen suficientes cosas que hacer como para ponerles actividades nomás porque “se ven padres”.
3. Considerar al grupo que realmente tenemos
No al grupo ideal.
No al grupo que aparece en nuestra imaginación.
Al que tenemos enfrente.
Si sabemos que algunos alumnos requieren más apoyo, debemos considerarlo.
Si algunos necesitan más tiempo, también.
Si existen diferentes formas de participar o demostrar lo aprendido, podemos ofrecer alternativas.
Aquí es donde conceptos como el Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA) pueden ayudarnos.
No para complicar la planeación.
Al contrario.
Para comenzar a preguntarnos:
¿Estoy dando una sola manera de aprender y demostrar lo aprendido o estoy dejando espacio para diferentes necesidades?
¿Y la evaluación?
Ah, la evaluación.
Ese maravilloso momento en el que descubrimos que algunos alumnos aprendieron algo completamente diferente a lo que nosotros creíamos que habíamos enseñado.
La evaluación no debería aparecer únicamente al final.
Mientras desarrollamos una actividad podemos observar, preguntar, escuchar, revisar producciones y detectar dificultades.
Eso nos permite tomar decisiones.
Si algo no está funcionando, podemos modificarlo antes de llegar al final.
Porque evaluar no debería ser solamente poner una calificación.
También debería ayudarnos a saber:
¿Qué aprendieron?
¿Qué todavía necesitan?
¿Y qué necesito cambiar yo?
Esta última pregunta puede ser incómoda.
Pero suele ser bastante útil.
Una planeación que puedes ajustar es mejor que una que no puedes tocar
Este quizá sea uno de los puntos más importantes.
Si planeamos una actividad y al aplicarla descubrimos que no funciona como esperábamos, no fracasamos.
Obtuvimos información.
Tal vez la instrucción no fue suficientemente clara.
Tal vez la actividad era demasiado compleja.
Tal vez necesitábamos más tiempo.
Tal vez los alumnos necesitaban un ejemplo.
Tal vez el grupo necesitaba otra estrategia.
Eso también forma parte del proceso docente.
Una planeación no debería convertirse en una camisa de fuerza.
Es una guía.
Y una guía sirve para orientarnos, no para impedirnos movernos.
Antes de entregar tu próxima planeación…
Hazte estas cinco preguntas:
1. ¿Qué quiero que aprendan?
2. ¿Las actividades realmente ayudan a lograrlo?
3. ¿Estoy considerando las características de mi grupo?
4. ¿Cómo voy a saber si están aprendiendo?
5. ¿Qué puedo modificar si algo no funciona?
Si puedes responderlas con claridad, probablemente tienes algo mucho más valioso que una planeación llena de apartados.
Tienes una intención pedagógica clara.
Y eso importa mucho más que tener una planeación de 18 páginas que nadie vuelve a mirar después de imprimirla.
Y sí, podemos hacer planeaciones bonitas
Claro que sí.
No tengo nada contra las tablas bonitas, los títulos bonitos ni los colores.
A mí también me gustan.
El problema comienza cuando la presentación termina siendo más importante que el propósito.
Una planeación puede ser sencilla, clara y hasta fea.
Si ayuda al docente a tomar buenas decisiones y favorece el aprendizaje de sus alumnos, está cumpliendo su función.
Así que no.
La planeación perfecta no existe.
Y honestamente…
qué bueno.
Porque si existiera, significaría que ya no necesitaríamos observar, reflexionar, ajustar ni aprender de lo que ocurre en el aula.
Y entonces esto de ser docente sería demasiado fácil.
Y todos sabemos que precisamente fácil…
no es.
Nos leemos en la próxima.
Mientras tanto, planea.
Pero no te castigues si mañana tienes que cambiarlo todo.
A veces modificar la planeación también es parte de enseñar.
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